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| pedazo de camiseta. |
domingo, diciembre 19, 2010
Las Cantarerías. Números 1 al 10. Vélez-Rubio.
miércoles, noviembre 03, 2010
El fútbol era así.
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| si alguien tiene una foto nuestra jugando al fútbol que me lo diga |
domingo, septiembre 26, 2010
Maestros.
domingo, septiembre 05, 2010
Mi bisabuela Huertas y el realismo mágico
miércoles, mayo 19, 2010
Santiago Cotes Caro
De repente tienes un nene y abres los ojos mucho. Y te crees que el corazón se te escapa. Y lo coges y no puedes parar de llorar de alegría que es una cosa que no te había pasado nunca. Y primero es como si te marearas un poco y después el mundo entero empieza a girar más despacio y entonces te das cuenta de que se acabaron las órbitas alrededor tuyo, y que no es que nada tuviera sentido, pero sí que empiezas a ver todo un poco más claro.
lunes, marzo 22, 2010
Las pulsaciones por minuto y el pinball
martes, febrero 16, 2010
Bouvard y Pécuchet. Las infinitas manifestaciones de la estupidez.
martes, febrero 09, 2010
Ciudadanos notables de Vélez-Rubio (II): El Jojois
lunes, noviembre 09, 2009
Maradona, las Cantarerías y El Carujo
miércoles, septiembre 23, 2009
El oro de España estaba en Polonia y la plata de Los Fucking en San José
Hace un par de días la selección española ganó la final del europeo de baloncesto. Da gloria verlos jugar a estos zagales. Sorprende que un deporte tan atractivo quede oscurecido, como casi todo lo que pasa en
Como Los Fucking, pronúnciese “los fakin”. Hubo unos juegos comarcales en que rozamos el cielo. El evento en cuestión se celebraba en las pistas de San José de Vélez Rubio. Nuestro equipo lo conformábamos el Mateo en la portería, un servidor atrás de cierre, un par de alas, el Lobitas (
viernes, septiembre 18, 2009
el verano del 94 (parte I)
"Mirémonos a la cara. Nosotros somos hiperbóreos. Sabemos sobradamente hasta qué punto vivimos aparte" de El Anticristo de F. Nietzsche.
Organizando las Billy dí anoche con El Príncipe de Maquiavelo. Al abrirlo para ojearlo cayeron dos papeles, una entrada de adulto de color rosa para la piscina municipal de mi pueblo válida para el 13 de julio de 1994, y un ticket de autobús amarillento de la empresa Salvador Tudela Pérez para el trayecto Vélez Rubio – Las Vertientes fechado el 19 del mismo mes y año. 135 pesetas costaba el billete de autobús y el de la piscina no lo pone, pero más o menos por ahí andaría. Fue justo el verano antes de entrar en la universidad. El billete de la piscina está claro para lo que lo usaría, y no tiene más historia, el del autobús, sí. Para el que no lo sepa, Las Vertientes es una cortijada a medio camino entre Chirivel, de Almería, y Cúllar de Baza, de Granada, pueblos bastante miserables dicho sea de paso. De allí era El Pedrusco, Don Pedro, catedrático de Química y profesor mío en el instituto, célebre por elaborar un explosivo capaz de volar un cerro entero porque allí tenía la madriguera la zorra que se le comía las gallinas, y hombre que se vanagloriaba ante sus alumnos de haber domado a una cría de gato salvaje en pelotas. También era conocido en el IB José Marín por llegar a clase achispado cuando tenías con él a última, cosa esta natural después de echar la mañana en la cantina chato de vino viene y va. Don Pedro merece un post aparte con sus cosas, y fue sin duda mi profesor favorito en los cuatro años del instituto. Estimaba él que Las Vertientes, de donde como he dicho era natural, tenía doscientos habitantes contando gallinas y conejos. Esto, como todo lo que decía este hombre, es exagerado. Atravesaba al pueblo la carretera nacional que va de Murcia a Granada, y este se desparramaba, pero poco, a los dos lados. Mis únicos puntos de interés en el pueblo eran la panadería, extraordinario despacho del mejor pan casero, que al pisarlo por las mañanas se me antojaba el cielo de los aromas, y la gasolinera, que no olía bien, pero que era a donde estuve trabajando aquel verano surtiendo al personal con derivados del petróleo, además de frutos secos, pinos ambientadores y cintas de vhs porno, que no veas la salida que tenían. Las cintas las testaba todas el hijo de Eustaquio (el dueño). Un gordinflón simpático que se las llevaba a su casa y las devolvía con el plástico roto. Un día un tipo que se llevó como ocho o diez me dijo que si no le hacía un descuento porque estaban todas abiertas… Yo también me llevé una un día, pero como no tenía vídeo tuve que ir a lo de mi vecino, y allí en su salón le echamos un vistazo en plan furtivo. Recuerdo que era horrorosa, pero imagino que haría su papel. Aparte de lo del porno, me compré a precio de coste la película de Oliver Stone sobre los Doors y las cintas rojas y azules de casete de los Beatles. A Las Vertientes me iba en el correo de baza, el correo era un minibús conducido por un anciano muy simpático al que le faltaba una oreja, así que había que hablarle por la otra. Llevaba el hombre a la ida una botella de coca cola de litro y medio rellena con vino del terreno. Botella que para el trayecto de vuelta volvía ineluctablemente siempre vacía.
Y no cuento más por hoy… en la segunda parte aparecerán el Anticristo de Nietzsche, unos testigos de Jehová, casi toda la obra publicada en español de Herman Hesse, Daniel, el argentino al que rentaban el hotel restaurante de al lado de la gasolinera, y que compatibilizaba los menús para camioneros con sus labores de proxeneta, una de sus empleadas pidiendo auxilio al gasolinero adolescente, (yo), Maquiavelo, un viaje en autostop, y otro en bicicleta, un accidente con muertos, y la casi desaparición del conductor de mi minibús en pleno trayecto. ¿He dicho que durante todo ese verano, el único que viajaba la mayoría de los días en aquel bus era yo? Siniestro, ¿a que sí?.
En fin, aquel verano leí muchísimo por las mañanas. Por las tardes, imagino que me iba a la piscina.
miércoles, septiembre 16, 2009
los detectives salvajes y los poetas de la calle escoberos

Hace como diez veranos recuerdo ir a la Calle Sigue Andrés Manjón (estas cosas sólo pasan en mi pueblo) a lo de mi primo Juanjo y verlo leyendo Los Detectives Salvajes. Por aquel entonces leía yo también bastante, pero en principio todo libro que pasara de las quinientas páginas no entraba dentro de mis presupuestos. De todas formas me quedé con el título. Hace como cinco años, rebuscando en una librería de segunda mano, estaba a cinco euros y me lo agencié. No ha sido hasta este verano que me ha dado por leerlo. Entremedio de todo esto, le ha dado tiempo a Bolaño a salir en Soldados de Salamina, morirse, y hacerse famoso en EEUU. No tengo claro si en este orden.
Se trata de la epopeya de un par de prendas, Arturo Belano y Ulises Lima, en su búsqueda de la poetisa jeroglífica Cesárea Tinajero. Del antes, del después y del durante. Todo contado en forma de testimonios aleatorios un poco a lo Rayuela. Tengo que confesar que si bien empezó resultándome un poco cargante, la terminé disfrutando mucho.
Muchas cosas me vinieron a la cabeza leyendo el libro este. Las evidentes reminiscencias literarias, esta que he dicho de Rayuela, y mucho también de En El Camino de Kerouac, con demasiados símiles como para obviarlos.... igual que Belano es Belaño, digo Bolaño, Sal Paradise era Kerouac, e igual que Belano tiene a Lima, Sal tenía a Dean, y viajaban en coches, y las drogas, y las ciudades, y bueno, y todo... También, sobre todo en los pasajes la germinación del grupo este de real visceralistas, me hizo recordar una revista que montó mi primo, el mismo de la Calle Sigue Andrés Manjón en Vélez-Rubio, pero esta vez en la Calle Escoberos en Sevilla, paralela de la Becquer, que hubiera sido una calle con un nombre mucho más pertinente para que germinara allí un movimiento poético. No daré nombres, primeramente porque casi no los recuerdo, pero lo que si recuerdo es pasar por el pasillo, y quedarme turulato escuchando a aquellos elementos cambiando el mundo. Llegué a escuchar, que el trabajo era un absurdo, que los animales no necesitaban trabajar y vivían, y que lo que teníamos que hacer era dedicarnos a ir recogiendo las frutas de los árboles. A mi primo, que es Cotes, me parece que lo que le interesaba de verdad era desarrollar sus habilidades de maquetación en Photoshop 2.0. Y uno, que es de pueblo, y que de no haber sido por que mis padres decidieron cambiar el rumbo de la historia, debería haberse dedicado desde bien chiquitico a la labranza, el abono, la siembra, la siega y cría de cerdos, cabras, ovejas, conejos y gallinas, pues como que no veía claro eso de ir cogiendo las frutas de los árboles y cazando conejos así por que sí... Viene aquí al caso una cosa que me dijo mi abuelo Quico una vez cogiendo almendra, “todo el que no se dedica a la agricultura, mierda tenía que comer”. No llego yo a tanto, pero digamos que si no comer mierda, al menos mucha hambre habrían pasado estos zagales de no haber sido por los ingresos en cuenta semanales de sus respectivos progenitores. Porque para litronas no les faltaba. No veas como dejaban la casa. Total para nada. A fin de cuentas creo yo que lo único que les interesaba era impresionarse entre ellos (chuparse las pollas dicho malamente) y lo que viene siendo el folgar.
“Así era Arturo Belano, un pavorreal presumido y tonto. Y el realismo visceral, su agotadora danza de amor hacia mí. Pero el problema era que yo ya no lo amaba. Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento poético.”
jueves, agosto 13, 2009
de como la que iba a ser la segunda parte de las fiestas acabó siendo otra cosa
Juro por Dios que pensaba escribir la segunda parte del post de las fiestas. Iba a empezar hablando de que me dejo cosas a medias, pero que este post no. Y mira...
martes, agosto 11, 2009
las fiestas de mi pueblo

El otro día me preguntaba Carmen si este fin de semana eran las fiestas de mi pueblo. Eché cuentas y resulta que sí. Que tal día como ese, en vez de estar tirado en el sofá burguillero, otros años andaba yo recuperándome de los excesos de los dos o tres días que ya me hubiera festeado y dispuesto a pegarme otra noche más dando tumbos por lo que ha venido siendo el nómada recinto ferial de la villa.
Las fiestas de Vélez Rubio imagino tienen un programa parecido al del resto de pueblos de entre cuatro y seis mil habitantes del sur de España. Esta población se multiplicaba por cuatro o cinco esos días. Por cosa de la emigración, el pueblo era invadido por hordas de catalanes, valencianos, franchutes y demás repatriados estivales, que ahora que lo veo con un poco de distancia, la mayor de las veces no eran sino gentes del extra-radio de urbes como Barcelona a las que sus padres se habían mudado para sobrevivir, pero que eso sí, cuando venían al pueblo se daban unos aires que no veas. Las cosas como son, les cogí coraje a un gran porcentaje de nuestros visitantes estivales. Básicamente al porcentaje masculino. Las féminas eran otra cosa. A estos forasteros les tenía tirria, aparte de porque las mozas se quedaban embobadas con ellos, porque eran tontos. Y lo dejo, y sigo con el programa porque me pierdo. Las fiestas empezaban con la coronación de la reina y sus damas. Esto, lo sabe todo el mundo, estaba MUY amañado. No hay otra explicación para ver las bellezas con que nos deleitaban en el famoso “El libro de las fiestas”, señera publicación velezana, sufragada con la aportación de los comerciantes listados, en la que el alcalde de turno saludaba a sus paisanos y lectores con bien poco arte. Ahí venían que si los conciertos, que si la verbena, que si el pasacalles, que si la carrera de cintas... en fin, grandes eventos todos en los que al final siempre acababan desfilando los mismos. Célebre es el golf descapotable de la hija de Tortosa. Con todo siempre entraba un cosquilleo cuando iba llegando el día. Daba gusto ver tanta gente, acostumbrado uno como estaba a que en cuanto oscureciera no quedara ni un gato en la calle. Y el pueblo, oye, de punto en flor...
Y ahora no tengo más tiempo de escribir... a ver si me animo y escribo una segunda parte y cuento lo de cuando me firmó Regina Do Santos en una barra de pan.
miércoles, mayo 20, 2009
Benedetti
Hace un par de días murió Benedetti. Fue de noche que escuché la noticia. Tengo la manía de acostarme con un auricular en la oreja. Las tertulias deportivas de la medianoche me ayudan a coger el sueño a una velocidad de vértigo. Como digo es una manía tonta que cogí cuando me costaba conciliarlo por preocupaciones tan variadas como absurdas. El caso es que descubrí que si antes de dormirme escuchaba a gente hablar (la música no sirve), aquellas voces distraían a las de mi cabeza y el efecto resultante era sumamente sedante. Ocurre la mayoría de las veces, ya sea unas porque muevo la cabeza para cambiar de postura, otras porque tengo un ligero desvelo que aprovecho para quitarme el auricular en cuestión, y otras porque se le acaban las pilas al transistor, que es raro que a la mañana amanezca con el noticiario. Pero ocurre algunas otras veces que el auricular se resiste a abandonar la oreja y lo mismo me despierto a medianoche escuchando los problemas de gente insomne, las psicofonías del Palacio de Linares o curiosidades varias. Unas veces consiguen captar mi atención y acabo teniendo que inventarme alguna otra estrategia para dormirme otra vez y otras quedan guardadas en mi subconsciente hasta que amanece. La muerte de Benedetti fue una de esas noticias de madrugada que no llegaron a desvelarme. Esto imagino que queda fatal. Supongo que si alguna vez las vicisitudes de algún marido cornudo o las caras de Belmez me han interesado sobremanera, la muerte de un poeta tan significado debía haberme hecho dar un salto, o llorar o algo. Pero no fue así. Benedetti fue como un maestro lejano, hace muchos años me compré una antología de poemas suyos editada por alianza que salía muy barata, y aquello, bueno, fue una revelación. Me agarré uno a uno a aquellos poemas, y me agarré tan fuerte que casi sin darme cuenta ya eran míos. Es esa época en que uno lee poesía sin tomar la distancia adecuada, que a lo mejor es la única forma de leerla, o no, metiéndote tan dentro que crees que cada uno de esos no son letras unas detrás de otra, que es tu vida, o que es lo que tendría que ser, o lo que quieres que sea, o lo que no es, o lo que podría ser, o yo qué sé… el caso es que aquel poemario abandonó las páginas del libro para metérseme por las venas… y lo usé, vaya si lo usé, ya fuera para impresionar a una muchacha a la que creía amar, a una que pasaba por allí un día o finalmente a la que amé. Pero ahora ese zagal que leía poemas y vivía en ellos, en los de Benedetti y en los de otros, no sé dónde anda, imagino que se habrá quedado por el camino, el que disfrutaba integrando o derivando, ese que a veces se creía gigante y otras diminuto, con tantas expectativas y con ninguna… La otra mañana empecé a escuchar y leer homenajes al poeta, y por un momento, aquel muchacho despertó un momento y quiso decir algo también, que aquel hombre aún viniendo de tan lejos, Uruguay, lo había sentido muy cerca y que era una pena que ya no fuera a haber nuevos tratos, ni tácticas, ni estrategias, ni canales interoceánicos, ni viceversas, ni bienvenidas, ni ustedes, ni nosotros, ni … mierda. Pues eso, que es una mierda que se haya muerto Benedetti, y que le entran a uno, al de ahora, ganas de llorar, por él, pero también un poco, por el muchacho, el de antes, el que aprendió a dormirse con la radio para apagar las voces que le decían tantas cosas en su cabeza.
viernes, marzo 06, 2009
le llaman conejo
Me llaman conejo me repartieron malas cartas en esta partida pero sabes? no me quejo.
Gran esquetche el otro día en muchachada nui. No hubo grandes carcajadas, pero me pareció un muy gracioso y glorioso ejercicio del reyes & company. Esta gente no tienen vergüenza ninguna, lo mismo cargan contra Mecano que contra los previsibles esquemas del cinema vérité de barrio patrio.
El caso es que a mi me vino a la cabeza un tipo de mi pueblo al que llaman “el conejo”. Es un tipo que no llegara al metro y medio, con el pelo corto pero enredado, un rubiales bastante peculiar que espero no sepa que existen los blogs. Lo contrario podría suponerme un problema. Es uno de esos tipos, mitad mito, mitad hombre... en los pueblos está la gente normal, la que trabaja en el ayuntamiento, de dependienta en lo del ramoncillo o lo del manchón, que por cierto, en navidades vi que estaba cerrando... menuda trauma.... allí descubrí los levis-605-etiqueta-naranja que eran como los 501, pero más baratos... como me apretaban aquellos pantalones por dios... cada vez que me acuerdo se me encogen los cataplines... pero que me pierdo, sigo con las gentes normales, los que tienen un bar y los que se van a estudiar fuera, los primos de Francia y la tía de Barcelona, los maestros y el fragüero, el de los seguros y el del banco, el de la panadería de arriba y el de la de abajo, los de la tiendecilla y los del super... el que compra la almendra y el de la almanzara, los que van a echar el agua al alporchón, y los que van al cortijo en mobileta... las que andan por el camino a la parroquia y el cura... en fin... mucha gente normal, como un servidor. Pero luego, luego están los tipos que marcan la idiosincrasia de una villa. El conejo, sin duda, sería uno de estos (otros ejemplos podrían ser el alfonsón, el porrongo, el ganga, el misisipi, el julio, el atocha, el pinino, el carlón,...), yo no habría nacido cuando él ya empezaba a fundamentar la leyenda en la que se convertiría en mi imaginario infantil, aventuras en las vegas y las pepas, riñas de bar y pérdidas legendarias a las caras en la gasolinera... pero hay un episodio que marcó sin duda su entrada en la mitología velezana... y es cuando tras pararlo la guardia civil, este, lejos de achantarse, les conminó diciendo: ¿acaso no sabéis quien soy? (pobres diablos), estos gendarmes, que probablemente acaban de llegar a la comandancia de huercal overa (leer güercalovera todo junto), se quedaron perplejos, y este, sin darles tiempo a sacar la porra, les dijo, con el orgullo que sólo puede tener un pigmeo cabezón criado a base de bellotas y vino con sopas: yo soy, yo soy el famoso, “er conejo”. Cágate. Mientras la mitad del vulgo, aún teniendo todos los papeles en regla y no habiendo catado ni gota de alcohol no puede evitar que se le encoja el estómago al acercarse a un control de la benemérita, este hombre no dudó ni un momento en marcar el terreno y exhibir su fabuloso poderío y celebridad. Grande conejo.
Quizás sólo esté a su altura otro personaje magnífico velezano, el lobillo, pero habrá que esperar a que los de muchachada hagan otro esquetche sobre animalicos para que venga a cuento mentarlo.
miércoles, enero 14, 2009
desayunando con la tele un sábado

Se levanta uno con el ánimo de estarse un rato desayunando sin las apreturas de todas las mañanas, con la pretensión de marcarse un continental como dios manda, con su café recién hecho, zumo de naranjas recién exprimido y tostada recién tostada. Un desayuno “recién” que disfrutar con calma. Hay veces que te atreves hasta con una pieza de fruta y cereales que añadir a todo lo de antes. Como a mi el quiosco más cercano me coge a dos kilómetros me tengo que conformar con leer los titulares del teletexto (pg 186 en adelante en la primera). Y ya que has encendido la tele la dejas un rato. Y te encuentras con que el menú que te ofrece es inversamente proporcional cualitativamente al de las naranjas que se exprime uno. Y es que la programación sabatino-matinal televisiva es un disparate de dimensiones truño-colosales.
Este sábado sin ir más lejos. En la primera estaban reponiendo, como si no fuera suficiente ponerlo una vez, una gala disparatada en la que jugaban a elegir el disco del año. Los candidatos imagino los habría consensuado algún comité de expertos seleccionados entre lo más granado del CNSE. En la segunda un noticiario para sordos. Estuve un rato tratando de identificar algunos signos y su significado, que es algo que tuve en mente hacer hace algunos años (luego me enteré de que los gestos cambiaban también dependiendo de si eres un sordo francés o español, y el lenguaje de signos perdió para mi mucho interés). En Antena 3 ponían cosas de Antena 3. En Tele5 un zapping que estuve viendo un rato. Y en La Sexta una especie de documentales ultratruculentos que fue lo que acabé viendo. Va de reconstrucciones de crímenes en la América profunda. Canela fina. Me encanta porque están montados con mucha gracia, en uno de los casos que ví, y me da que es lo habitual, presentaban primero al novio de una buena moza americana como el candidato más probable a haberla matado después de un calentón mal resuelto de la dulce rubia con brillante porvenir (esto lo recalcaban poniendo unas imágenes en las que el tipo miraba raro a la cámara). Para que al final se acabara descubriendo que el verdadero asesino era un policía de renombre en el condado que incluso colaboraba con la televisión local dando consejos a las jóvenes sobre qué tenían que hacer si alguien trataba de pararlas en medio de la noche en la carretera. Lo descubrieron por una fibra de oro de su insignia cheriffera. Por eso y por cuatrocientas cosas más, porque el tipo era taco de torpe para ser policía. Con todo casi se escapa y le cargan el muerto al merluzo del novio. Después vino un crimen de una joven pueblerina conocida en la comarca por su frescura que se resolvió a los veinticinco años y también el de un señor que mataba a sus esposas y se cambiaba de estado y nombre de una forma bastante sistemática. Un crack vaya. Me he saltado lo que había en Cuatro. Creo que se llama la batalla de los coros, le presté atención un rato porque han seleccionado a la amiga de un amigo... pero esto merece un post detallado aparte.
En fin, que la tele los sábados por la mañana es una mierda. Pero que entretiene. Ahora que lo pienso esto es lo que viene a ser siempre, ¿o no?, o yo que sé...
miércoles, diciembre 31, 2008
el atestado de le clézio - o de cómo una correa puede convertirse en dos libros

Hace cosa como de un par de meses fui a comprarme una correa a cortefiel. En un arrebato de generosidad fraternal le regalé a mi padre una igual a la mía. Después comprobé que también era EXACTAMENTE igual a una que tenía él guardada en su armario. Treinta días después y sólo uno antes de que ya no fuera posible la devolución volví a la tienda y allí me devolvieron los treinta y tantos euros que costaba. En la misma calle de este establecimiento hay una casa del libro, aquilicua, como es cosa que me gusta mucho la de bichear en una librería, me metí dentro y me puse a leer comienzos de novelas apetecibles en que gastarme lo que me acababa de embolsar por la correa. Al final, los elegidos fueron dos. Tengo que confesar que de uno me convenció tanto o más que la primera frase una especie de banda roja en la que ponía algo así como “del último ganador del nobel bla bla…”, eso y el precio ajustado que tenía para llevar una banda roja. Era El atestado de Le Clézio. Una edición de estas comentadas de Cátedra que están tan bien rematadas. El otro tenía un comienzo tan bruto que casi me siento a leérmelo allí del tirón… pero pasa que tiene más de mil páginas y no era cosa… La montaña mágica de Thomas Mann. Hacía mucho que lo tenía enfilado y fue leerme la primera página y el comienzo del primer capítulo, y entrarme ganas grandes de sentarme a leer. Como el primero tenía como setecientas páginas menos y para un hombre tan atareado como un servidor esta parece una empresa mucho más viable, en un viaje en tren de vuelta de los madriles me lo cogí por banda. Había madrugado mucho esa mañana y el ave que cogí fue el de las diez de la noche, creo recordar que como en media hora tres cuartos me entró un sopor magnífico que resultó en un sueñus interruptus desde Puertollano a Sevilla. El libro era raro de cojones y yo como digo había madrugado bastante. Por la mañana había hecho el recorrido inverso pero en coche. Aquella primera experiencia determinó el modo de leerme este libro: ratos perdidos que generalmente servían de preámbulo a un buen sueño. Los capítulos vienen con letras en vez de con números, creo que en diez o quince días todavía iba por la k. Tenía cada vez que cogía el libro una vaga idea de qué iba, había un protagonista, un tal Adam Pollo (pronúnciese Poló, que si no entra la risa), básicamente pirado, que escribía a una Michèle, que recuerdo que en un capítulo entero lo único que hizo fue perseguir al perro de esta hasta asistir a como se beneficiaba a una perrita que pasaba por allí. La verdad es que no me estaba gustando el libro NADA. Básicamente era un rollazo muy enrevesado, con unas descripciones bastante latosas, y terriblemente farragoso para lo que mi lectura ligera podía digerir. Lo único que hacía era lamentar el momento en el que me decidí por este y no por el otro, que seguro lo habría terminado ya con sus tropecientas páginas más. Para mi ceremonia lectora de navidad en el pueblo, me tenía recetada La montaña mágica, así que este domingo, un par de días antes de irme al pueblo tenía que terminar sí o sí, con El atestado este. Me atrincheré en el salón, y el caso es que un par de horas después empecé a entrar en calor. Las cosas como son, todavía tuve algún capítulo de estos en los que estás leyendo y cuando te das cuenta llevas como cuatro páginas pensando en tus cosas… da como pereza volver al momento en que te despegaste del libro para emprender tu repaso de actos cotidianos pendientes de resolución y se conforma uno con volver hasta la esquina superior izquierda de donde está leyendo y tirar desde ahí de nuevo. En esas estaba cuando como digo fui entrando en calor, a pesar de todo parecía que algunas cosas empezaban a tener sentido, y por fin lo tuvieron cuando al protagonista en cuestión lo metieron en un manicomio (esto era lo único que tenía sentido hasta ese momento en el libro) y el hombre empezó a explicarse. Y oye, vaya que si se explicó, menos mal que la explicación la dio desde una habitación que tenía poco que describir que si no seguro se me hubiera ido por los cerros de Úbeda otra vez. No es que me parezca la mejor novela que me he leído ni mucho menos, pero di gracias por no haber desistido en el último momento (que cerca estuve en más de una ocasión), y terminarme el libro, que acabó teniendo lo que se viene llamando un clímax de unas sesenta o setenta páginas que disfruté de lo lindo. El hombre se confiesa a unos estudiantes de psiquiatría entre los que se encuentra una muchacha que duda que esté pirado y por la que intuye uno que se siente atraído. En un momento determinado baja la voz y se dirige a la muchacha para que sólo le escuche ella (y aquí es donde yo tiro de apuntes): “He aquí lo que vamos a hacer: le voy a hablar, muy bajito, nada más que a usted. Y usted me contestará lo mismo. Le voy a decir hola, ¿qué tal? y usted me dirá bien, gracias. Ya ve lo que yo querría: y luego, cómo se llama, es usted guapa, me gusta el color de su vestido, o de sus ojos. […] Me hablará bajito, contándome cosas tan minúsculas que ni siquiera tendré necesidad de escuchar. […] Y para los demás, para todos los demás, yo continuaré mi propia historia. Ya sabe, esa historia complicada que lo explica todo. El rollo místico ése. ¿Quiere?” Sólo por esto mereció la pena llegar hasta aquí. Como digo, el hombre siguió y lo explicó todo. Al final resulta que me había gustado el libro y empezaba a ENTENDER. Aquilicua, ya le eché un vistazo por encima a la introducción en la que se despieza el libro. Que yo no sé como las ponen al principio cuando deberían venir al final. Pero esa es otra historia, que bastante largo me está quedando esto ya. Eso sí, me quedo con otro entrecomillado de este mismo hombre que se comenta en esta introducción y que me ha tocado la fibra: “las ideas nacen sin descanso, estallan, trazan sus estelas de brasa. Quiero detener. Quiero captar. Pero es imposible.” Y con la cabeza llena de brasas es como me largo al pueblo, que hago puente. Con un poco de suerte me dejan leerme allí el de la montaña.
martes, diciembre 23, 2008
a qué me sabe vélez rubio

Ayer me llegó una carta del censo electoral. Es un documento de estos que se abre rasgando por donde la línea de puntos que comienza con unas tijeritas. Normalmente este sistema se sigue sólo por un lado y por el otro se tira a lo bruto. El resultado, un desplegable en el que básicamente se constata mi cambio de padrón. Y es que desde hace unos meses oficialmente soy burguillero, de Burguillos (Sevilla). Suena fatal, ¿verdad?. Once we were great, y yo era de Vélez-Rubio (Almería), un pueblo perdido donde se acaba Andalucía y empieza Murcia. De hecho, mi acento (ya desvirtuado por mis doce o trece años en Sevilla) es básicamente murciano. Mi pueblo sabe a pan recién salido del horno del cortijo que hacía mi abuela debidamente condimentado con un chorreón de aceite y una pizca de sal, a las cabras de mi abuelo, a las migas de cuando llueve y a las gachas para ponerse guapo de grande. Al camión del carujo y el carro del alfonsón, a las cantarerías y a la carrera del carmen, al camino real y a las pistas de san josé. A engancharme en las ramas de los almendros en septiembre y a ordeñar olivos en navidad. A tortas fritas en carnaval. A cuándo habéis venido y cuándo os vais. A partidas de tute después de comer y a buenos ratos con los amigos. A buena gente y vecinas tan amables como cotorras, a de-qué-se-trata y a qué-pasa-nene. A los Mortadelo y Filemón de la biblioteca mezclados con la vieja espasa que plagiaba para los trabajos del instituto. A clases de máquina en lo del Quiles aprendida en artilugios dignos de la mismísima fletcher en los que repetía en cuartillas de la imprenta el asdfg al principio y pasajes del quijote al final. Me encantaban los paquetes de cincuenta de cuartillas, iban envueltos cuidadosamente en papel marrón rematado con celo. Y para paquetes, en los que buscábamos tebeos en el disparate que era la librería de jose. A ponerse guapo para ir a misa el domingo. Al cepillo, a futbolín y a la risa floja. A la balsa del mesón y la fuentes de los molinos, del gato o del piojo. A las quinielas en lo de las quinielas y a mangar unos donetes en el carmen. A clases de inglés en lo de la pía y al pollete de enfrente por el que rescullarse mientras se hacía la hora. A las catequistas y al mercado. A cinco duros de churros, y diez de cortezas. A partirme el diente con la bicicleta y jugar a los cartones. A porterías con cajas de tabaco y a pelotas de papel albal. A pedir maderas en la carpintería y a tirachinas hechos con bocas de botella y un globo, o un cacho de madera y dos pinzas y una púa. A los alatones y las allozas, a albaricoques que hacían que se te saltaran las lágrimas y a un corzo de habas. A mi bisabuela rezándome y quitándome el mal de ojo que me echaban porque tenía los ojos claros y a la burra del bancal de enfrente. Ahora mismo me desayunaba un bocata de aquellos de tortilla con mayonesa del bocatas (60 ptas) o uno de calamares con tomate de los de la cantina (75 ptas). A sesos de las pepas y a hamburguesa completa en lo de gaspar. A la alcancía y al botijo de barro del puerto lumbreras. Al ochoa y al guirao, a la torta con mucha molla o con poca. Pero sobre todo sabe al bocadillo que me hacía mi abuela de jamón-tomate-aceite-y-sal. Y a un montón de cosas más, pero es que dejo de escribir que es que es navidad y me voy a empaparme de todos esos sabores, me voy al pueblo, al mío, que no es en el que estoy empadronado ya, pero que es donde nací y me crié, Vélez Rubio. Es el que salé en la foto, entre los almendros y las faldas del Mahimón. Mi casa no se ve, pero está ahí.
martes, marzo 18, 2008
de cómo las cosas a veces se arreglan solas
El intermitente izquierdo del coche ha estado estropeado unos tres meses. Ocurría que sin mediar aviso, saltaba cada vez que le parecía. Unas veces después de haberle dado para la derecha, otras después de haberle dado a la izquierda, y otras muchas porque sí. A veces bastaba una pequeña vibración en el terreno para que por su cuenta y riesgo indicara al resto de los conductores que un servidor iba a girar a
Tengo un par de cosas más estropeadas en el coche. El chisme para bajar las ventanillas automáticamente se ha desencajado y eso hace que cada vez que quiero hacer algo a través de la ventanilla del conductor, tenga que formar un pollo que no veas. Con esto pasa como cuando te duele un dedo, que parece que no sabe uno lo que lo usa hasta que no se le jode. Gestos tan cotidianos como coger el ticket del parking o bajar la ventanilla a un agente que quiere ver si eres de los malos se convierten en un ejercicio de riesgo. El otro día justo cuando abrí la puerta para coger el ticket en plaza de armas, casi suelto el pie del embrague y eso estuvo a punto de costarme un brazo,
El otro día, perplejo después de comprobar la autosanación del intermitente, pensaba en cosas que a veces se arreglan solas dejando pasar el tiempo.








