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domingo, diciembre 19, 2010

Las Cantarerías. Números 1 al 10. Vélez-Rubio.

pedazo de camiseta.
 Las Cantarerías da nombre en plural a una calle, en singular, de Vélez Rubio. Concretamente es donde vive mi abuela Concha y donde eché yo las tardes en lo que va de los tres o cuatro años a los trece o catorce. Lo que viene siendo la infancia vaya. Las Cantarerías limitan al oeste con El Carril y al este con el patio del convento. Pero para mí empezaban en el supermercado del Carujo y terminaban en la carpintería de un señor de pelo cano.

miércoles, noviembre 03, 2010

El fútbol era así.

si alguien tiene una foto nuestra jugando al fútbol que me lo diga
Entre los ocho y los doce o trece años no había otra cosa más importante para nosotros que el fútbol. Y cuando digo el fútbol no me refiero a sentarse en el sofá o irse al bar y ver al Madrid o al Barça. Estoy hablando del fútbol de verdad, el que jugábamos en la Calle del Tinte y en las Cantarerías, pegando pelotazos a una portería pintada en el muro del cine o atinando a meterla entre un par de piedras rematadas con una chaqueta de chándal. Normalmente aquellos partidos eran siempre un tres contra tres. En un equipo El Jose, su hermano Jesús y El Ginés. En el otro, El Antonio, El Jose Juan y un servidor.

domingo, septiembre 26, 2010

Maestros.


Desde siempre he tenido yo en la cabeza el runrún de ser maestro de escuela. Me encantan los críos y debe ser una cosa bonita estar ahí todos los días enseñándoles cosas y sorprendiéndote con sus ocurrencias. Además está el tema de las vacaciones. En fin, ya es un poco tarde, pero en una de esas existencias paralelas imaginadas, sin duda, habría sido “maestro escuela”. De nenes pequeños a ser posible, como mucho de diez años, de ahí para delante me da que es complicado lo de enseñarle nada a nadie. Raro es que el que a los diez años era un prenda no haya acabado enredado en alguna pillería de mayor. Pero bueno, que me pierdo, a lo que iba, que imagino que esto de la vocación frustrada debe ser cosa de haber tenido unos maestros estupendos.

domingo, septiembre 05, 2010

Mi bisabuela Huertas y el realismo mágico

Como a todo el mundo que ha leído a García Márquez, cuando leí algo suyo, en mi caso “El amor en los tiempos del cólera”, que a día de hoy sigue siendo una de mis novelas favoritas, tuve una especie de enganche que me llevó a devorar todo lo que pillé con no poco gusto. Escribe el hombre historias hermosísimas, tristísimas las más de las veces, y con mucho arte siempre. Conecté con todo, pero en especial, con todo esto del “realismo mágico”. Y es que no era la primera vez que me las veía yo con fenómenos paranormales acontecidos así de forma cotidiana y sin pasmo de nadie. Ya debe saber todo el mundo por aquí que soy de un pueblo pequeño, y allí estas cosas pasan de verdad. Ejemplos muchos, pero yo me quedo con el de mi bisabuela Huertas, gabarrona ella.

miércoles, mayo 19, 2010

Santiago Cotes Caro


De repente tienes un nene y abres los ojos mucho. Y te crees que el corazón se te escapa. Y lo coges y no puedes parar de llorar de alegría que es una cosa que no te había pasado nunca. Y primero es como si te marearas un poco y después el mundo entero empieza a girar más despacio y entonces te das cuenta de que se acabaron las órbitas alrededor tuyo, y que no es que nada tuviera sentido, pero sí que empiezas a ver todo un poco más claro.

lunes, marzo 22, 2010

Las pulsaciones por minuto y el pinball






Debía tener yo nueve o diez años cuando me emperré en sacarme el título de máquina, que así era como le decíamos en mi pueblo a un papel que nos daba el Miguel El Quiles cuando el hombre estimaba que ya éramos expertos mecanógrafos. Se supone que aquello ocurría cuando alcanzábamos unas pulsaciones por minuto determinadas. A mi todo aquello de las pulsaciones me importaba un pimiento. Lo que sí que me había llamado la atención era una carpetilla azul que le había visto a mi prima mari. Dentro guardaba unas cuartillas de folio que se compraban en la imprenta. Lo que yo quería era tener una excusa para poder comprar aquellas cuartillas inmaculadas que te envolvían en un paquete con papel vegetal sellado con celofán. Como digo, lo suyo era guardarlas en una carpeta en la que uno estampaba a rotulador, bien grande y con toda la finura de la que era capaz en ese momento, el nombre, y debajo, un poco más pequeño: “clases de máquina”.

martes, febrero 16, 2010

Bouvard y Pécuchet. Las infinitas manifestaciones de la estupidez.

 

Leí este libro hace como un par de meses, y tenía pendiente darle un pequeño repaso antes de dar por terminada oficialmente la lectura. Hubo un año, hace como once o doce que me dio por hacer crítica cinematográfica en dos líneas. Guardaba la entrada del cine enmarcada con celo y rodeada de unas líneas contando lo que me había parecido.  Obligarme a escribir aquellas pocas líneas sobre lo que veía me suponía un ligero ejercicio de reflexión, que además debía serlo de síntesis también por las dimensiones de la libreta en que recopilaba aquellos tickets y las notas a propósito. Me gustaría decir que he repasado esas notas y he encontrado alguna cosa interesante, pero la verdad es que ni me he molestado en buscar la libreta, que ni sé dónde andará, ni por tanto me he entretenido en leer lo que escribí. Eso sí, recuerdo que era agradable parir y coleccionar aquellas reseñas sui géneris. Un poco así funciona ahora esto del blog.  Veo, leo, escucho o recuerdo algo y lo catalogo aquí, con su etiqueta y todo. 

martes, febrero 09, 2010

Ciudadanos notables de Vélez-Rubio (II): El Jojois


Hace unos cuantos meses me propuse hacer memoria a propósito  de los personajes imprescindibles de mi imaginario infantil, mi particular y subjetivo retrato de algunos ciudadanos notables de Vélez-Rubio que todavía hoy recuerdo. Empecé con El Conejo y mi siguiente paso, por aquello de seguir con la fauna local, era El Lobillo.  Gracias a mi singular inconstancia, quedó este inventario en mera declaración de intenciones.  Y eso que a los pocos días de escribir el primer episodio me encontré con que El Lobillo era uno de los protagonistas de “El Coro de la Cárcel”. Resulta que Juan Pedro, que es como se llama, lleva algo así como once años de penal en penal, su historia, bigger than life, la dejo para otro post, que bien se merece este hombre un retrato a conciencia.Hoy sin embargo, estaba comiéndome un tomate y me ha venido a la cabeza un episodio traumático que tuve hace veintitantos años con El Jojois.

lunes, noviembre 09, 2009

Maradona, las Cantarerías y El Carujo


las mías eran a rosca...

Cuando era un crío, al salir del colegio en vez de ir a mi casa, que vivía en un noveno en los pisos del Manteco, me iba a las Cantarerías, que así es como se llama la calle donde viven todavía hoy mi abuela Concha y mi abuelo Quico. Ella me preparaba un bocadillo de jamón-tomate-aceite-y-queso que guardaba una relación directa con el tamaño de mi barriga y yo me pasaba la tarde pegando pelotazos o inventando las diabluras que hasta un tipo tan sensato como era yo de crío hace al menos un par de veces por semana. Mis amigos eran el josejuán y el antonio. El josejuán tenía dos años menos que el antonio y yo. Los tres cumplíamos años en septiembre. Con suerte ahora los veo de año en año. No queda la cosa más que en un intercambio cordial de saludos. Pero fuimos uña y carne los tres.

miércoles, septiembre 23, 2009

El oro de España estaba en Polonia y la plata de Los Fucking en San José



Hace un par de días la selección española ganó la final del europeo de baloncesto. Da gloria verlos jugar a estos zagales. Sorprende que un deporte tan atractivo quede oscurecido, como casi todo lo que pasa en el mundo, por el fútbol, deporte extremadamente más tedioso que el de la canasta, pero que algo debe tener cuando nos tiene a todos subyugados. Mientras escribo esto escucho por la radio como sigue arrasando el Barça… Pero el que no se haya emocionado con estos muchachos del baloncesto es que ni tiene corazón ni nada. Además de que juegan como los ángeles (lakers), es que caen bien, desde el primero al último. Se ve que hay buen rollo entre ellos, y las enchufan que da gusto. Vaya, que es difícil no epatar con un grupo así, buena gente y ganadores natos. Ocurre que de repente, España, sin negros nacionalizados, juega como lo hacían los equipos de la NBA. Los de aquellas finales de conferencia que daban en la tele por las tardes, con Magic Johnson dando asistencias mirando al tendido, viendo volar a Michael Jordan, o el gancho del cielo de Kareem Abdul-Jabbar, y los triples de Larry Bird,… Ahora resulta que aquí también se saben hacer alley-oops, mates de espaldas a la canasta y demás repertorio de virguerías. Y los hacen en una final. Y lo petan. Pena de arbitraje que nos hicieron en la final de las olimpiadas de Pekín, porque ese partido, ay madre, qué cerca estuvieron…

Como Los Fucking, pronúnciese “los fakin”. Hubo unos juegos comarcales en que rozamos el cielo. El evento en cuestión se celebraba en las pistas de San José de Vélez Rubio. Nuestro equipo lo conformábamos el Mateo en la portería, un servidor atrás de cierre, un par de alas, el Lobitas (Antonio López) y el Mechas (Ginés Jesús) y en punta el Poveda (Jose), también estaban el JoséJuan y el Jesús (los dos también Povedas). Nos llamábamos así porque las camisetas eran unas que le prestaban sus tíos al Mateo. Los tíos del Mateo y sus colegas se conoce que eran unos calaveras buenos. Porque no se les ocurrió otra cosa que, para una vez que jugaron las 24 horas de fútbol sala (furbito) del pueblo, hacerse unas camisetas verde limón que tenían pintado por delante, además del distinguido nombre del equipo, que las cosas como son, nos daba mucha risa, un cuervo gigante fumándose un porro. El animalito en cuestión lucía chupa de cuero y alrededor suyo había jeringuillas, lo que con los años descubrí que era un condón usado, una botella de whisky y a saber qué lindezas más que no recuerdo. Por detrás tenían el número, y los apodos de lo más selecto de una generación velezana famosa por darse a todo tipo de vicios en La Brasa, ahora una pizzería restaurante, y en tiempos, un antro lúgubre al que me tenían prohibida terminantemente la entrada mis padres, y de cuya parroquia se pueden contar con los dedos de una mano los supervivientes. En fin, que allí estábamos nosotros, unos críos de diez o doce años, vestidos con unas camisetas que nos venían grandísimas metidas por dentro del pantalón, llevando al cuervo tarambana por delante y el mote de algún prenda local por detrás. Y el número. Yo llevaba el 3. Como Migueli. Las camisetas olían fatal. Y eso que lavadas estaban, porque tenían unas buenas manchas de lejía. Pero ni con esas les había sacado punta la madre del Mateo. Así que a eso de las diez de la mañana nos enfundamos aquellas camisetas apestosas y comenzamos a competir. Poco parecía que podían hacer a priori dos orejones (el mechas y el mateo), un gordito cabezón (un servidor) y otro cabezón más (el jose). Pero resulta que el Lobitas estaba fino, y el resto más o menos hicimos el papel. Nos conocíamos de jugar juntos todas las tardes, y jugábamos de memoria que se dice. Con ligeras imprecisiones, pero de memoria. Y pasamos la primera fase. Y nos metimos en cuartos, que se jugaban ya por la tarde. Sobra decir que nadie daba un duro por nosotros, y que jugar a las tres de la tarde a mi madre le parecía un disparate. No me acuerdo contra quien jugamos, pero sí del momento antes de empezar, conjurándonos para pasar a semis. Recuerdo también que hacía mucho calor y que no podía casi ni menearme de la panzá de arroz y pavo que me había pegado en lo de mi abuela, que los sábados comíamos allí. El caso es que ganamos y nos plantamos en la semifinal. Jugábamos contra el equipo del Largo, y del Nacho, que era uno que militaba en las categorías inferiores del Murcia, y que después se fue al Madrid, y que incluso llegó a la selección, pero que se dio a los placeres de la vida, y por ahí anda, en segunda b o tercera… Estaban las gradas llenísimas de familiares y en contra de todos los pronósticos otra vez, llegamos al final del partido empatados. Fue faltando cosa de un minuto que el Ezequiel (árbitro) señaló córner. Y allí me fui yo, a la esquina. Y no se me ocurrió otra cosa que meterle a aquel balón la uña en todo el medio, pero dándole un efecto retorcido que hizo que la pelota saliera de mi bota al segundo palo, y de allí, al fondo de la red. Vaya, que metí un golazo directo. Fue, sin ningún género de duda, el mayor momento de gloria de mi infancia. Recuerdo como todo el mundo cantó el gol (éramos los que íbamos a perder así que toda la afición estaba con nosotros), y recuerdo correr gritando, y todos detrás de mí, y abrazarnos como locos. Fue la puta bomba. Lo dimos todo en aquella semifinal. Siete críos con taras varias, metiéndose en la final del campeonato con aquellas camisetas tan perturbadoras. Un delirio. Después, Los Fucking perderíamos la final, pero todavía guardo aquella medalla de plata como un tesoro.

viernes, septiembre 18, 2009

el verano del 94 (parte I)

panadero de Las Vertientes

"Mirémonos a la cara. Nosotros somos hiperbóreos. Sabemos sobradamente hasta qué punto vivimos aparte"
de El Anticristo de F. Nietzsche.

Organizando las Billy dí anoche con El Príncipe de Maquiavelo. Al abrirlo para ojearlo cayeron dos papeles, una entrada de adulto de color rosa para la piscina municipal de mi pueblo válida para el 13 de julio de 1994, y un ticket de autobús amarillento de la empresa Salvador Tudela Pérez para el trayecto Vélez Rubio – Las Vertientes fechado el 19 del mismo mes y año. 135 pesetas costaba el billete de autobús y el de la piscina no lo pone, pero más o menos por ahí andaría. Fue justo el verano antes de entrar en la universidad. El billete de la piscina está claro para lo que lo usaría, y no tiene más historia, el del autobús, sí. Para el que no lo sepa, Las Vertientes es una cortijada a medio camino entre Chirivel, de Almería, y Cúllar de Baza, de Granada, pueblos bastante miserables dicho sea de paso. De allí era El Pedrusco, Don Pedro, catedrático de Química y profesor mío en el instituto, célebre por elaborar un explosivo capaz de volar un cerro entero porque allí tenía la madriguera la zorra que se le comía las gallinas, y hombre que se vanagloriaba ante sus alumnos de haber domado a una cría de gato salvaje en pelotas. También era conocido en el IB José Marín por llegar a clase achispado cuando tenías con él a última, cosa esta natural después de echar la mañana en la cantina chato de vino viene y va. Don Pedro merece un post aparte con sus cosas, y fue sin duda mi profesor favorito en los cuatro años del instituto. Estimaba él que Las Vertientes, de donde como he dicho era natural, tenía doscientos habitantes contando gallinas y conejos. Esto, como todo lo que decía este hombre, es exagerado. Atravesaba al pueblo la carretera nacional que va de Murcia a Granada, y este se desparramaba, pero poco, a los dos lados. Mis únicos puntos de interés en el pueblo eran la panadería, extraordinario despacho del mejor pan casero, que al pisarlo por las mañanas se me antojaba el cielo de los aromas, y la gasolinera, que no olía bien, pero que era a donde estuve trabajando aquel verano surtiendo al personal con derivados del petróleo, además de frutos secos, pinos ambientadores y cintas de vhs porno, que no veas la salida que tenían. Las cintas las testaba todas el hijo de Eustaquio (el dueño). Un gordinflón simpático que se las llevaba a su casa y las devolvía con el plástico roto. Un día un tipo que se llevó como ocho o diez me dijo que si no le hacía un descuento porque estaban todas abiertas… Yo también me llevé una un día, pero como no tenía vídeo tuve que ir a lo de mi vecino, y allí en su salón le echamos un vistazo en plan furtivo. Recuerdo que era horrorosa, pero imagino que haría su papel. Aparte de lo del porno, me compré a precio de coste la película de Oliver Stone sobre los Doors y las cintas rojas y azules de casete de los Beatles. A Las Vertientes me iba en el correo de baza, el correo era un minibús conducido por un anciano muy simpático al que le faltaba una oreja, así que había que hablarle por la otra. Llevaba el hombre a la ida una botella de coca cola de litro y medio rellena con vino del terreno. Botella que para el trayecto de vuelta volvía ineluctablemente siempre vacía.

Y no cuento más por hoy… en la segunda parte aparecerán el Anticristo de Nietzsche, unos testigos de Jehová, casi toda la obra publicada en español de Herman Hesse, Daniel, el argentino al que rentaban el hotel restaurante de al lado de la gasolinera, y que compatibilizaba los menús para camioneros con sus labores de proxeneta, una de sus empleadas pidiendo auxilio al gasolinero adolescente, (yo), Maquiavelo, un viaje en autostop, y otro en bicicleta, un accidente con muertos, y la casi desaparición del conductor de mi minibús en pleno trayecto. ¿He dicho que durante todo ese verano, el único que viajaba la mayoría de los días en aquel bus era yo? Siniestro, ¿a que sí?.

En fin, aquel verano leí muchísimo por las mañanas. Por las tardes, imagino que me iba a la piscina.

miércoles, septiembre 16, 2009

los detectives salvajes y los poetas de la calle escoberos




Hace como diez veranos recuerdo ir a la Calle Sigue Andrés Manjón (estas cosas sólo pasan en mi pueblo) a lo de mi primo Juanjo y verlo leyendo Los Detectives Salvajes. Por aquel entonces leía yo también bastante, pero en principio todo libro que pasara de las quinientas páginas no entraba dentro de mis presupuestos. De todas formas me quedé con el título. Hace como cinco años, rebuscando en una librería de segunda mano, estaba a cinco euros y me lo agencié. No ha sido hasta este verano que me ha dado por leerlo. Entremedio de todo esto, le ha dado tiempo a Bolaño a salir en Soldados de Salamina, morirse, y hacerse famoso en EEUU. No tengo claro si en este orden.

Se trata de la epopeya de un par de prendas, Arturo Belano y Ulises Lima, en su búsqueda de la poetisa jeroglífica Cesárea Tinajero. Del antes, del después y del durante. Todo contado en forma de testimonios aleatorios un poco a lo Rayuela. Tengo que confesar que si bien empezó resultándome un poco cargante, la terminé disfrutando mucho.

Muchas cosas me vinieron a la cabeza leyendo el libro este. Las evidentes reminiscencias literarias, esta que he dicho de Rayuela, y mucho también de En El Camino de Kerouac, con demasiados símiles como para obviarlos.... igual que Belano es Belaño, digo Bolaño, Sal Paradise era Kerouac, e igual que Belano tiene a Lima, Sal tenía a Dean, y viajaban en coches, y las drogas, y las ciudades, y bueno, y todo... También, sobre todo en los pasajes la germinación del grupo este de real visceralistas, me hizo recordar una revista que montó mi primo, el mismo de la Calle Sigue Andrés Manjón en Vélez-Rubio, pero esta vez en la Calle Escoberos en Sevilla, paralela de la Becquer, que hubiera sido una calle con un nombre mucho más pertinente para que germinara allí un movimiento poético. No daré nombres, primeramente porque casi no los recuerdo, pero lo que si recuerdo es pasar por el pasillo, y quedarme turulato escuchando a aquellos elementos cambiando el mundo. Llegué a escuchar, que el trabajo era un absurdo, que los animales no necesitaban trabajar y vivían, y que lo que teníamos que hacer era dedicarnos a ir recogiendo las frutas de los árboles. A mi primo, que es Cotes, me parece que lo que le interesaba de verdad era desarrollar sus habilidades de maquetación en Photoshop 2.0. Y uno, que es de pueblo, y que de no haber sido por que mis padres decidieron cambiar el rumbo de la historia, debería haberse dedicado desde bien chiquitico a la labranza, el abono, la siembra, la siega y cría de cerdos, cabras, ovejas, conejos y gallinas, pues como que no veía claro eso de ir cogiendo las frutas de los árboles y cazando conejos así por que sí... Viene aquí al caso una cosa que me dijo mi abuelo Quico una vez cogiendo almendra, “todo el que no se dedica a la agricultura, mierda tenía que comer”. No llego yo a tanto, pero digamos que si no comer mierda, al menos mucha hambre habrían pasado estos zagales de no haber sido por los ingresos en cuenta semanales de sus respectivos progenitores. Porque para litronas no les faltaba. No veas como dejaban la casa. Total para nada. A fin de cuentas creo yo que lo único que les interesaba era impresionarse entre ellos (chuparse las pollas dicho malamente) y lo que viene siendo el folgar.

Así era Arturo Belano, un pavorreal presumido y tonto. Y el realismo visceral, su agotadora danza de amor hacia mí. Pero el problema era que yo ya no lo amaba. Se puede conquistar a una muchacha con un poema, pero no se la puede retener con un poema. Vaya, ni siquiera con un movimiento poético.

jueves, agosto 13, 2009

de como la que iba a ser la segunda parte de las fiestas acabó siendo otra cosa

Tengo una tendencia bastante reincidente a dejar las cosas a medias, desde las más insignificantes a las más trascendentales. Con catorce o quince años y con el dinero de un par de cupones que me había dado mi padre para cobrar (veinticinco mil pesetas me parece que eran), me compré una guitarra en lo de Pascual. Un arrebato. Había dos o tres en los grupos de la catequesis que se me antojaba a mi que ligaban una cosa bárbara. Sobra decir que yo no me comía una rosca. Así que cogí aquella guitarra con las mismas ganas que hubiera agarrado a alguna muchacha de las de entonces. Desesperadamente. Mis padres me buscaron un profesor, porque el primer fascículo de una colección que compré en la librería de Jose no daba los resultados que yo esperaba. Estuve un par de días tocando el greensleeves en el mástil directamente. El profesor en cuestión era Miguel El Gitano. Conocido también como el encargado de las huertas, arbolado vario y demás terrenos que rodeaban el José Marín (célebre Instituto de Bachillerato de mi pueblo). El hombre trato de enseñarme, pero tenía una artrosis considerable, y unos días podía mover los dedos y otros no. Aprendí a tocar las parrandas (baile popular de la zona), pero me atranqué en las malagueñas, que tenían cejilla. Harto de apretar el dedo y viendo que tal y como pintaba aquello tocando parrandas y malagueñas me iba a comer todavía menos de lo que me comía, que ya iba a ser difícil ahora que lo pienso, le regalé un décimo de lotería de navidad a Miguel por los servicios prestados, me cogí la guitarra, la metí en la funda y no volví más a las clases. No iría más de diez o doce veces...

Juro por Dios que pensaba escribir la segunda parte del post de las fiestas. Iba a empezar hablando de que me dejo cosas a medias, pero que este post no. Y mira...

martes, agosto 11, 2009

las fiestas de mi pueblo



El otro día me preguntaba Carmen si este fin de semana eran las fiestas de mi pueblo. Eché cuentas y resulta que sí. Que tal día como ese, en vez de estar tirado en el sofá burguillero, otros años andaba yo recuperándome de los excesos de los dos o tres días que ya me hubiera festeado y dispuesto a pegarme otra noche más dando tumbos por lo que ha venido siendo el nómada recinto ferial de la villa.

Las fiestas de Vélez Rubio imagino tienen un programa parecido al del resto de pueblos de entre cuatro y seis mil habitantes del sur de España. Esta población se multiplicaba por cuatro o cinco esos días. Por cosa de la emigración, el pueblo era invadido por hordas de catalanes, valencianos, franchutes y demás repatriados estivales, que ahora que lo veo con un poco de distancia, la mayor de las veces no eran sino gentes del extra-radio de urbes como Barcelona a las que sus padres se habían mudado para sobrevivir, pero que eso sí, cuando venían al pueblo se daban unos aires que no veas. Las cosas como son, les cogí coraje a un gran porcentaje de nuestros visitantes estivales. Básicamente al porcentaje masculino. Las féminas eran otra cosa. A estos forasteros les tenía tirria, aparte de porque las mozas se quedaban embobadas con ellos, porque eran tontos. Y lo dejo, y sigo con el programa porque me pierdo. Las fiestas empezaban con la coronación de la reina y sus damas. Esto, lo sabe todo el mundo, estaba MUY amañado. No hay otra explicación para ver las bellezas con que nos deleitaban en el famoso “El libro de las fiestas”, señera publicación velezana, sufragada con la aportación de los comerciantes listados, en la que el alcalde de turno saludaba a sus paisanos y lectores con bien poco arte. Ahí venían que si los conciertos, que si la verbena, que si el pasacalles, que si la carrera de cintas... en fin, grandes eventos todos en los que al final siempre acababan desfilando los mismos. Célebre es el golf descapotable de la hija de Tortosa. Con todo siempre entraba un cosquilleo cuando iba llegando el día. Daba gusto ver tanta gente, acostumbrado uno como estaba a que en cuanto oscureciera no quedara ni un gato en la calle. Y el pueblo, oye, de punto en flor...

Y ahora no tengo más tiempo de escribir... a ver si me animo y escribo una segunda parte y cuento lo de cuando me firmó Regina Do Santos en una barra de pan.

miércoles, mayo 20, 2009

Benedetti



Hace un par de días murió Benedetti. Fue de noche que escuché la noticia. Tengo la manía de acostarme con un auricular en la oreja. Las tertulias deportivas de la medianoche me ayudan a coger el sueño a una velocidad de vértigo. Como digo es una manía tonta que cogí cuando me costaba conciliarlo por preocupaciones tan variadas como absurdas. El caso es que descubrí que si antes de dormirme escuchaba a gente hablar (la música no sirve), aquellas voces distraían a las de mi cabeza y el efecto resultante era sumamente sedante. Ocurre la mayoría de las veces, ya sea unas porque muevo la cabeza para cambiar de postura, otras porque tengo un ligero desvelo que aprovecho para quitarme el auricular en cuestión, y otras porque se le acaban las pilas al transistor, que es raro que a la mañana amanezca con el noticiario. Pero ocurre algunas otras veces que el auricular se resiste a abandonar la oreja y lo mismo me despierto a medianoche escuchando los problemas de gente insomne, las psicofonías del Palacio de Linares o curiosidades varias. Unas veces consiguen captar mi atención y acabo teniendo que inventarme alguna otra estrategia para dormirme otra vez y otras quedan guardadas en mi subconsciente hasta que amanece. La muerte de Benedetti fue una de esas noticias de madrugada que no llegaron a desvelarme. Esto imagino que queda fatal. Supongo que si alguna vez las vicisitudes de algún marido cornudo o las caras de Belmez me han interesado sobremanera, la muerte de un poeta tan significado debía haberme hecho dar un salto, o llorar o algo. Pero no fue así. Benedetti fue como un maestro lejano, hace muchos años me compré una antología de poemas suyos editada por alianza que salía muy barata, y aquello, bueno, fue una revelación. Me agarré uno a uno a aquellos poemas, y me agarré tan fuerte que casi sin darme cuenta ya eran míos. Es esa época en que uno lee poesía sin tomar la distancia adecuada, que a lo mejor es la única forma de leerla, o no, metiéndote tan dentro que crees que cada uno de esos no son letras unas detrás de otra, que es tu vida, o que es lo que tendría que ser, o lo que quieres que sea, o lo que no es, o lo que podría ser, o yo qué sé… el caso es que aquel poemario abandonó las páginas del libro para metérseme por las venas… y lo usé, vaya si lo usé, ya fuera para impresionar a una muchacha a la que creía amar, a una que pasaba por allí un día o finalmente a la que amé. Pero ahora ese zagal que leía poemas y vivía en ellos, en los de Benedetti y en los de otros, no sé dónde anda, imagino que se habrá quedado por el camino, el que disfrutaba integrando o derivando, ese que a veces se creía gigante y otras diminuto, con tantas expectativas y con ninguna… La otra mañana empecé a escuchar y leer homenajes al poeta, y por un momento, aquel muchacho despertó un momento y quiso decir algo también, que aquel hombre aún viniendo de tan lejos, Uruguay, lo había sentido muy cerca y que era una pena que ya no fuera a haber nuevos tratos, ni tácticas, ni estrategias, ni canales interoceánicos, ni viceversas, ni bienvenidas, ni ustedes, ni nosotros, ni … mierda. Pues eso, que es una mierda que se haya muerto Benedetti, y que le entran a uno, al de ahora, ganas de llorar, por él, pero también un poco, por el muchacho, el de antes, el que aprendió a dormirse con la radio para apagar las voces que le decían tantas cosas en su cabeza.






viernes, marzo 06, 2009

le llaman conejo



Me llaman conejo me repartieron malas cartas en esta partida pero sabes? no me quejo.


Gran esquetche el otro día en muchachada nui. No hubo grandes carcajadas, pero me pareció un muy gracioso y glorioso ejercicio del reyes & company. Esta gente no tienen vergüenza ninguna, lo mismo cargan contra Mecano que contra los previsibles esquemas del cinema vérité de barrio patrio.


El caso es que a mi me vino a la cabeza un tipo de mi pueblo al que llaman “el conejo”. Es un tipo que no llegara al metro y medio, con el pelo corto pero enredado, un rubiales bastante peculiar que espero no sepa que existen los blogs. Lo contrario podría suponerme un problema. Es uno de esos tipos, mitad mito, mitad hombre... en los pueblos está la gente normal, la que trabaja en el ayuntamiento, de dependienta en lo del ramoncillo o lo del manchón, que por cierto, en navidades vi que estaba cerrando... menuda trauma.... allí descubrí los levis-605-etiqueta-naranja que eran como los 501, pero más baratos... como me apretaban aquellos pantalones por dios... cada vez que me acuerdo se me encogen los cataplines... pero que me pierdo, sigo con las gentes normales, los que tienen un bar y los que se van a estudiar fuera, los primos de Francia y la tía de Barcelona, los maestros y el fragüero, el de los seguros y el del banco, el de la panadería de arriba y el de la de abajo, los de la tiendecilla y los del super... el que compra la almendra y el de la almanzara, los que van a echar el agua al alporchón, y los que van al cortijo en mobileta... las que andan por el camino a la parroquia y el cura... en fin... mucha gente normal, como un servidor. Pero luego, luego están los tipos que marcan la idiosincrasia de una villa. El conejo, sin duda, sería uno de estos (otros ejemplos podrían ser el alfonsón, el porrongo, el ganga, el misisipi, el julio, el atocha, el pinino, el carlón,...), yo no habría nacido cuando él ya empezaba a fundamentar la leyenda en la que se convertiría en mi imaginario infantil, aventuras en las vegas y las pepas, riñas de bar y pérdidas legendarias a las caras en la gasolinera... pero hay un episodio que marcó sin duda su entrada en la mitología velezana... y es cuando tras pararlo la guardia civil, este, lejos de achantarse, les conminó diciendo: ¿acaso no sabéis quien soy? (pobres diablos), estos gendarmes, que probablemente acaban de llegar a la comandancia de huercal overa (leer güercalovera todo junto), se quedaron perplejos, y este, sin darles tiempo a sacar la porra, les dijo, con el orgullo que sólo puede tener un pigmeo cabezón criado a base de bellotas y vino con sopas: yo soy, yo soy el famoso, “er conejo”. Cágate. Mientras la mitad del vulgo, aún teniendo todos los papeles en regla y no habiendo catado ni gota de alcohol no puede evitar que se le encoja el estómago al acercarse a un control de la benemérita, este hombre no dudó ni un momento en marcar el terreno y exhibir su fabuloso poderío y celebridad. Grande conejo.


Quizás sólo esté a su altura otro personaje magnífico velezano, el lobillo, pero habrá que esperar a que los de muchachada hagan otro esquetche sobre animalicos para que venga a cuento mentarlo.


miércoles, enero 14, 2009

desayunando con la tele un sábado


Se levanta uno con el ánimo de estarse un rato desayunando sin las apreturas de todas las mañanas, con la pretensión de marcarse un continental como dios manda, con su café recién hecho, zumo de naranjas recién exprimido y tostada recién tostada. Un desayuno “recién” que disfrutar con calma. Hay veces que te atreves hasta con una pieza de fruta y cereales que añadir a todo lo de antes. Como a mi el quiosco más cercano me coge a dos kilómetros me tengo que conformar con leer los titulares del teletexto (pg 186 en adelante en la primera). Y ya que has encendido la tele la dejas un rato. Y te encuentras con que el menú que te ofrece es inversamente proporcional cualitativamente al de las naranjas que se exprime uno. Y es que la programación sabatino-matinal televisiva es un disparate de dimensiones truño-colosales.

Este sábado sin ir más lejos. En la primera estaban reponiendo, como si no fuera suficiente ponerlo una vez, una gala disparatada en la que jugaban a elegir el disco del año. Los candidatos imagino los habría consensuado algún comité de expertos seleccionados entre lo más granado del CNSE. En la segunda un noticiario para sordos. Estuve un rato tratando de identificar algunos signos y su significado, que es algo que tuve en mente hacer hace algunos años (luego me enteré de que los gestos cambiaban también dependiendo de si eres un sordo francés o español, y el lenguaje de signos perdió para mi mucho interés). En Antena 3 ponían cosas de Antena 3. En Tele5 un zapping que estuve viendo un rato. Y en La Sexta una especie de documentales ultratruculentos que fue lo que acabé viendo. Va de reconstrucciones de crímenes en la América profunda. Canela fina. Me encanta porque están montados con mucha gracia, en uno de los casos que ví, y me da que es lo habitual, presentaban primero al novio de una buena moza americana como el candidato más probable a haberla matado después de un calentón mal resuelto de la dulce rubia con brillante porvenir (esto lo recalcaban poniendo unas imágenes en las que el tipo miraba raro a la cámara). Para que al final se acabara descubriendo que el verdadero asesino era un policía de renombre en el condado que incluso colaboraba con la televisión local dando consejos a las jóvenes sobre qué tenían que hacer si alguien trataba de pararlas en medio de la noche en la carretera. Lo descubrieron por una fibra de oro de su insignia cheriffera. Por eso y por cuatrocientas cosas más, porque el tipo era taco de torpe para ser policía. Con todo casi se escapa y le cargan el muerto al merluzo del novio. Después vino un crimen de una joven pueblerina conocida en la comarca por su frescura que se resolvió a los veinticinco años y también el de un señor que mataba a sus esposas y se cambiaba de estado y nombre de una forma bastante sistemática. Un crack vaya. Me he saltado lo que había en Cuatro. Creo que se llama la batalla de los coros, le presté atención un rato porque han seleccionado a la amiga de un amigo... pero esto merece un post detallado aparte.

En fin, que la tele los sábados por la mañana es una mierda. Pero que entretiene. Ahora que lo pienso esto es lo que viene a ser siempre, ¿o no?, o yo que sé...

miércoles, diciembre 31, 2008

el atestado de le clézio - o de cómo una correa puede convertirse en dos libros



Hace cosa como de un par de meses fui a comprarme una correa a cortefiel. En un arrebato de generosidad fraternal le regalé a mi padre una igual a la mía. Después comprobé que también era EXACTAMENTE igual a una que tenía él guardada en su armario. Treinta días después y sólo uno antes de que ya no fuera posible la devolución volví a la tienda y allí me devolvieron los treinta y tantos euros que costaba. En la misma calle de este establecimiento hay una casa del libro, aquilicua, como es cosa que me gusta mucho la de bichear en una librería, me metí dentro y me puse a leer comienzos de novelas apetecibles en que gastarme lo que me acababa de embolsar por la correa. Al final, los elegidos fueron dos. Tengo que confesar que de uno me convenció tanto o más que la primera frase una especie de banda roja en la que ponía algo así como “del último ganador del nobel bla bla…”, eso y el precio ajustado que tenía para llevar una banda roja. Era El atestado de Le Clézio. Una edición de estas comentadas de Cátedra que están tan bien rematadas. El otro tenía un comienzo tan bruto que casi me siento a leérmelo allí del tirón… pero pasa que tiene más de mil páginas y no era cosa… La montaña mágica de Thomas Mann. Hacía mucho que lo tenía enfilado y fue leerme la primera página y el comienzo del primer capítulo, y entrarme ganas grandes de sentarme a leer. Como el primero tenía como setecientas páginas menos y para un hombre tan atareado como un servidor esta parece una empresa mucho más viable, en un viaje en tren de vuelta de los madriles me lo cogí por banda. Había madrugado mucho esa mañana y el ave que cogí fue el de las diez de la noche, creo recordar que como en media hora tres cuartos me entró un sopor magnífico que resultó en un sueñus interruptus desde Puertollano a Sevilla. El libro era raro de cojones y yo como digo había madrugado bastante. Por la mañana había hecho el recorrido inverso pero en coche. Aquella primera experiencia determinó el modo de leerme este libro: ratos perdidos que generalmente servían de preámbulo a un buen sueño. Los capítulos vienen con letras en vez de con números, creo que en diez o quince días todavía iba por la k. Tenía cada vez que cogía el libro una vaga idea de qué iba, había un protagonista, un tal Adam Pollo (pronúnciese Poló, que si no entra la risa), básicamente pirado, que escribía a una Michèle, que recuerdo que en un capítulo entero lo único que hizo fue perseguir al perro de esta hasta asistir a como se beneficiaba a una perrita que pasaba por allí. La verdad es que no me estaba gustando el libro NADA. Básicamente era un rollazo muy enrevesado, con unas descripciones bastante latosas, y terriblemente farragoso para lo que mi lectura ligera podía digerir. Lo único que hacía era lamentar el momento en el que me decidí por este y no por el otro, que seguro lo habría terminado ya con sus tropecientas páginas más. Para mi ceremonia lectora de navidad en el pueblo, me tenía recetada La montaña mágica, así que este domingo, un par de días antes de irme al pueblo tenía que terminar sí o sí, con El atestado este. Me atrincheré en el salón, y el caso es que un par de horas después empecé a entrar en calor. Las cosas como son, todavía tuve algún capítulo de estos en los que estás leyendo y cuando te das cuenta llevas como cuatro páginas pensando en tus cosas… da como pereza volver al momento en que te despegaste del libro para emprender tu repaso de actos cotidianos pendientes de resolución y se conforma uno con volver hasta la esquina superior izquierda de donde está leyendo y tirar desde ahí de nuevo. En esas estaba cuando como digo fui entrando en calor, a pesar de todo parecía que algunas cosas empezaban a tener sentido, y por fin lo tuvieron cuando al protagonista en cuestión lo metieron en un manicomio (esto era lo único que tenía sentido hasta ese momento en el libro) y el hombre empezó a explicarse. Y oye, vaya que si se explicó, menos mal que la explicación la dio desde una habitación que tenía poco que describir que si no seguro se me hubiera ido por los cerros de Úbeda otra vez. No es que me parezca la mejor novela que me he leído ni mucho menos, pero di gracias por no haber desistido en el último momento (que cerca estuve en más de una ocasión), y terminarme el libro, que acabó teniendo lo que se viene llamando un clímax de unas sesenta o setenta páginas que disfruté de lo lindo. El hombre se confiesa a unos estudiantes de psiquiatría entre los que se encuentra una muchacha que duda que esté pirado y por la que intuye uno que se siente atraído. En un momento determinado baja la voz y se dirige a la muchacha para que sólo le escuche ella (y aquí es donde yo tiro de apuntes): “He aquí lo que vamos a hacer: le voy a hablar, muy bajito, nada más que a usted. Y usted me contestará lo mismo. Le voy a decir hola, ¿qué tal? y usted me dirá bien, gracias. Ya ve lo que yo querría: y luego, cómo se llama, es usted guapa, me gusta el color de su vestido, o de sus ojos. […] Me hablará bajito, contándome cosas tan minúsculas que ni siquiera tendré necesidad de escuchar. […] Y para los demás, para todos los demás, yo continuaré mi propia historia. Ya sabe, esa historia complicada que lo explica todo. El rollo místico ése. ¿Quiere?” Sólo por esto mereció la pena llegar hasta aquí. Como digo, el hombre siguió y lo explicó todo. Al final resulta que me había gustado el libro y empezaba a ENTENDER. Aquilicua, ya le eché un vistazo por encima a la introducción en la que se despieza el libro. Que yo no sé como las ponen al principio cuando deberían venir al final. Pero esa es otra historia, que bastante largo me está quedando esto ya. Eso sí, me quedo con otro entrecomillado de este mismo hombre que se comenta en esta introducción y que me ha tocado la fibra: “las ideas nacen sin descanso, estallan, trazan sus estelas de brasa. Quiero detener. Quiero captar. Pero es imposible.” Y con la cabeza llena de brasas es como me largo al pueblo, que hago puente. Con un poco de suerte me dejan leerme allí el de la montaña.

martes, diciembre 23, 2008

a qué me sabe vélez rubio


Ayer me llegó una carta del censo electoral. Es un documento de estos que se abre rasgando por donde la línea de puntos que comienza con unas tijeritas. Normalmente este sistema se sigue sólo por un lado y por el otro se tira a lo bruto. El resultado, un desplegable en el que básicamente se constata mi cambio de padrón. Y es que desde hace unos meses oficialmente soy burguillero, de Burguillos (Sevilla). Suena fatal, ¿verdad?. Once we were great, y yo era de Vélez-Rubio (Almería), un pueblo perdido donde se acaba Andalucía y empieza Murcia. De hecho, mi acento (ya desvirtuado por mis doce o trece años en Sevilla) es básicamente murciano. Mi pueblo sabe a pan recién salido del horno del cortijo que hacía mi abuela debidamente condimentado con un chorreón de aceite y una pizca de sal, a las cabras de mi abuelo, a las migas de cuando llueve y a las gachas para ponerse guapo de grande. Al camión del carujo y el carro del alfonsón, a las cantarerías y a la carrera del carmen, al camino real y a las pistas de san josé. A engancharme en las ramas de los almendros en septiembre y a ordeñar olivos en navidad. A tortas fritas en carnaval. A cuándo habéis venido y cuándo os vais. A partidas de tute después de comer y a buenos ratos con los amigos. A buena gente y vecinas tan amables como cotorras, a de-qué-se-trata y a qué-pasa-nene. A los Mortadelo y Filemón de la biblioteca mezclados con la vieja espasa que plagiaba para los trabajos del instituto. A clases de máquina en lo del Quiles aprendida en artilugios dignos de la mismísima fletcher en los que repetía en cuartillas de la imprenta el asdfg al principio y pasajes del quijote al final. Me encantaban los paquetes de cincuenta de cuartillas, iban envueltos cuidadosamente en papel marrón rematado con celo. Y para paquetes, en los que buscábamos tebeos en el disparate que era la librería de jose. A ponerse guapo para ir a misa el domingo. Al cepillo, a futbolín y a la risa floja. A la balsa del mesón y la fuentes de los molinos, del gato o del piojo. A las quinielas en lo de las quinielas y a mangar unos donetes en el carmen. A clases de inglés en lo de la pía y al pollete de enfrente por el que rescullarse mientras se hacía la hora. A las catequistas y al mercado. A cinco duros de churros, y diez de cortezas. A partirme el diente con la bicicleta y jugar a los cartones. A porterías con cajas de tabaco y a pelotas de papel albal. A pedir maderas en la carpintería y a tirachinas hechos con bocas de botella y un globo, o un cacho de madera y dos pinzas y una púa. A los alatones y las allozas, a albaricoques que hacían que se te saltaran las lágrimas y a un corzo de habas. A mi bisabuela rezándome y quitándome el mal de ojo que me echaban porque tenía los ojos claros y a la burra del bancal de enfrente. Ahora mismo me desayunaba un bocata de aquellos de tortilla con mayonesa del bocatas (60 ptas) o uno de calamares con tomate de los de la cantina (75 ptas). A sesos de las pepas y a hamburguesa completa en lo de gaspar. A la alcancía y al botijo de barro del puerto lumbreras. Al ochoa y al guirao, a la torta con mucha molla o con poca. Pero sobre todo sabe al bocadillo que me hacía mi abuela de jamón-tomate-aceite-y-sal. Y a un montón de cosas más, pero es que dejo de escribir que es que es navidad y me voy a empaparme de todos esos sabores, me voy al pueblo, al mío, que no es en el que estoy empadronado ya, pero que es donde nací y me crié, Vélez Rubio. Es el que salé en la foto, entre los almendros y las faldas del Mahimón. Mi casa no se ve, pero está ahí.

martes, marzo 18, 2008

de cómo las cosas a veces se arreglan solas

El intermitente izquierdo del coche ha estado estropeado unos tres meses. Ocurría que sin mediar aviso, saltaba cada vez que le parecía. Unas veces después de haberle dado para la derecha, otras después de haberle dado a la izquierda, y otras muchas porque sí. A veces bastaba una pequeña vibración en el terreno para que por su cuenta y riesgo indicara al resto de los conductores que un servidor iba a girar a la izquierda. Pasmo que les provocaría bien cuando me estuvieran adelantando, o cuando en plena noche pensaran que el tipo que iba delante de ellos iba a coger las de Villadiego en medio de la autovía. El caso es que hace cosa de una semana, y justo cuando peor parecía ponerse la cosa (ya saltaba continuamente), de repente, va y vuelve a la normalidad. Vaya, que ha perdido su autonomía, y vuelve a depender de que yo le dé un golpecito o no. Que funciona, vamos. Que se ha arreglado sólo.

Tengo un par de cosas más estropeadas en el coche. El chisme para bajar las ventanillas automáticamente se ha desencajado y eso hace que cada vez que quiero hacer algo a través de la ventanilla del conductor, tenga que formar un pollo que no veas. Con esto pasa como cuando te duele un dedo, que parece que no sabe uno lo que lo usa hasta que no se le jode. Gestos tan cotidianos como coger el ticket del parking o bajar la ventanilla a un agente que quiere ver si eres de los malos se convierten en un ejercicio de riesgo. El otro día justo cuando abrí la puerta para coger el ticket en plaza de armas, casi suelto el pie del embrague y eso estuvo a punto de costarme un brazo, el izquierdo para más señas. Y el día que después de echarme el alto con una metralleta un agente de la benemérita me vio abrir la puerta intuí en su mirada que me iba a acribillar en un santiamén. Puse cara de torpe/bueno y eso pareció relajarle el gesto, y el gatillo. El gesto la verdad me importaba poco, que suelen tener todos la misma cara de mala leche, pero el dedo temblón me intimidaba bastante. Otra cosa que tengo estropeada es el espejo retrovisor. Cada vez que cojo un badén de estos tan de moda, se descuelga. Trato de pillarlo al vuelo, pero por aquello de que tiene el peso muy descompensado cae de una manera muy rara. Vaya, que pega unas leches tremendas con la palanca de cambios, que viene a estar debajo. Lo milagroso del asunto es que se ha caído veinte veces, y el cristal sigue tan fresco. Supongo que tendrá que ver con esto que digo de la distribución de pesos. Ahora siempre que voy conduciendo tengo la manía de que cada vez que intuyo una vibración peligrosa, un salto o lo que sea, echarle mano al espejo antes de que se despeñe. Lo hago hasta cuando me monto en otros coches. Y además trato de evitar brusquedades. Cada día conduzco con más cuidado. Pero cada vez que cambio el coche con Carmen la pobrecita vuelve con un susto, y el espejo en la mano. El caso es que tengo pendiente arreglarlo, de hecho hace como cuatro o cinco meses compré en el día un tubo de pegamento loctite. Pero visto que lo del intermitente se ha arreglado sólo, estaba pensando que lo mismo el elevalunas y este espejo se arreglan también por su cuenta.

El otro día, perplejo después de comprobar la autosanación del intermitente, pensaba en cosas que a veces se arreglan solas dejando pasar el tiempo.

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