miércoles, octubre 20, 2010

Herzog. Desventuras y pajas mentales de un intelectual judío cornudo.

este no es Herzog, es Bellow.

Hace unos años se me pasó por la cabeza la disparatada idea de leer novelas en inglés. Husmeando en la sección correspondiente en La Casa del Libro una de las que me llamó la atención fue Herzog, de Saul Below. Al final acabé comprándome otra en la que nunca he conseguido ir más allá de las primeras dos o tres páginas. Cada vez me cuesta más encontrar tiempo para leer, así que ni te cuento el esfuerzo que me supone hacerlo en otro idioma.

Es por esto que trato de seleccionar al máximo las lecturas, y una vez en la librería, uno de los factores determinantes suele ser la contraportada, si me convence, le echo un vistazo a la primera página que ya determina el paso por caja. En este caso, lo primero que lee uno en la contra es una cita que señala esta como la mejor de las novelas de Bellow, y después que Moses Herzog es un héroe de los tiempos modernos, bromista, quejoso, encantador y gran sufridor. Un tipo que escribe cartas que no envía en las que revela con ironía su percepción del mundo que lo rodea y los secretos más profundos de su alma. Tiene buena pinta ¿eh? Si a eso le sumas premios Pulitzer, National Book Award y hasta el Nobel, y un comienzo tan prometedor como “Si estoy como una cabra, qué le voy a hacer, pensó Moses Herzog”, imposible resistirse. Poco voy a descubrir si digo que el libro está maravillosamente escrito, que tiene pasajes memorables y que es una lectura muy recomendable. Hasta imagino que si eres un pringado al que su mejor amigo le ha robado su última mujer lo puedes encontrar inspirador. Sin embargo, hay unos cuantos aspectos del libro, probablemente justo por los que le habrán caído muchos de esos laureles, que me aburren soberanamente y de los que, la verdad, empiezo a estar un poco cansado. La primera es la manía de algunos autores de cada pocas páginas hacer exhibición gratuita de su vasta cultura en los temas más variopintos. ¿De verdad a un divorciado amargado le pide el cuerpo escribirle cartas a Hegel y a Schopenhauer? La segunda es la de, en el caso de esos mismos autores judíos,  hacer gala TODO EL TIEMPO, y casi hasta el chiste, de su semitismo. Debe ser este el traumático fruto de que le corten a uno el nabo siendo crío. Obviamente estas dos reflexiones son causa exclusiva de mi ignorancia, la misma que me hace algunas veces preguntarme por qué no me dedico a leer superventas de digestión más ligera,  más disfrutables, y las cosas como son, más acordes a mis escasas entendederas. ¿A qué viene enredarme cada dos por tres en lecturas que hacen que se me nublen los ojos y el cerebro? ¿Está la felicidad quizás en la ignorancia? ¿Para qué le sirve a la hora de la verdad a Herzog saber tanto? ¿Para estar más amargado? ¿Para acabar fantaseando los mismos disparates que cualquier idiota? Y lo que me importa ahora, ¿para qué me sirve a mí escribir esto?

“Y de camino, me permitía el lujo de flirtear un poquito con lo trascendente”.

4 comentarios:

Kinezoe dijo...

De momento le sirvió a usted para ponerme en la pista del susodicho...

Muchas gracias y un saludo.

Tiago Cotes dijo...

no es poca cosa entonces.
gracias a usted por el feedback.

¡salud!

Kinezoe dijo...

Terminé de leerlo hace un tiempo, y aunque me gustó, me dio la sensación de que se le podía haber sacado mucha más gracia al asunto. Se torna demasiado repetitivo con tanta carta a diestro y siniestro, la mayoría de las veces únicamente como excusa para hacer gala del increíble acervo de su autor. Yo diría que le sobran 100 páginas; tiene una trama demasiado estancada. Pero está bien. Agradezco haber leído este post ;-)

Saludos y buena semana.

Tiago Cotes dijo...

compartimos opiniones entonces.
saludos, amigo.

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